Si te han avisado de una inspección, o si toca la auditoría periódica de tu sector, ya estarás repasando lo obvio: el local, los registros, la cartelería, los papeles al día. Añade un cuarto sitio a la lista: tu web. Es el único documento de tu negocio que cualquiera puede leer sin pedirte permiso, incluido quien viene a comprobar que lo que dices se corresponde con lo que haces.
Una aclaración antes de seguir. Esto no es asesoramiento jurídico, y lo que te exige la ley depende de tu sector y de tu comunidad autónoma. Lo que sigue es un método para revisar la web con orden; qué debe figurar en ella en tu caso concreto lo confirmas con tu gestoría o tu asesor.
Lo que lee alguien que no te conoce en diez minutos
Quien llega a tu web sin conocerte, sea un inspector, un auditor o un cliente cauteloso, se hace casi siempre tres preguntas, aunque no las formule así.
Primera: ¿quién eres? Identidad. Nombre o razón social, NIF, dirección, forma de contacto y, si tu actividad lo exige, datos de inscripción o números de registro o autorización. La normativa que regula los servicios en internet pide que ciertos datos del titular estén accesibles en la web, y algunos sectores añaden los suyos. Comprueba que esos datos existen, que se encuentran sin buscar demasiado y que coinciden con los de tu ficha de Google y con lo que figura en el local. Una web con una dirección y una ficha con otra no delatan mala fe, pero hacen dudar.
Segunda: ¿qué prometes? Afirmaciones. Cada frase que empieza por "el mejor", "garantizado", "sin riesgo" o "certificado" es una declaración que alguien puede pedirte que respaldes. Lee tu web como si tuvieras que demostrar cada una. Los precios deben ser los que realmente cobras, con las condiciones a la vista. Las certificaciones que menciones tienen que estar vigentes: una acreditación caducada que sigue presumiendo en la portada es de lo que más incomoda. Y en sectores donde la publicidad está más vigilada, como los que tienen que ver con la salud, la alimentación o el dinero, las promesas merecen una lectura todavía más severa.
Tercera: ¿qué recoges? Datos de personas. Formularios de contacto, boletín, reservas, cookies. Todo lo que recoge información necesita su política de privacidad, y las cookies que de verdad se cargan deben coincidir con lo que dice el aviso. Comprobarlo cuesta una tarde y evita descubrirlo en el peor momento.
La comprobación incómoda: web contra realidad
Ahora coloca la web al lado del local. No hace falta que sea un examen; basta una lista de comparaciones: horarios, servicios que ya no ofreces, fotos de un local que has reformado, personal que ya no está, equipos o instalaciones que aparecen en fotos y ya no existen, precios de hace dos temporadas, páginas con la palabra "próximamente" que llevan tres años en marcha.
Una discrepancia entre lo que la web afirma y lo que el local muestra pesa más que una omisión. Si algo no está en la web, no hay nada que contradecir. Si está mal, sí. Y por regla general es más rápido corregir un dato falso que argumentar por qué seguía publicado.
Antes de tocar nada, guarda constancia
El impulso de las dos semanas anteriores es arreglarlo todo de golpe. Frénalo un momento y haz tres cosas.
Primero, guarda una copia de cómo está hoy: capturas con fecha de las páginas principales y, si puedes, una copia de seguridad completa. Es tu punto de partida y demuestra qué había antes de cada corrección.
Segundo, anota los cambios que haces y cuándo. Una simple hoja con fecha, página y motivo basta. Si más adelante alguien pregunta desde cuándo se corrigió algo, tendrás la respuesta.
Tercero, no borres páginas a ciegas. Si retiras una página que ya estaba enlazada o posicionada, quien la busque encontrará un error, y con él pierdes visitas de las que ni te habías enterado. Lo correcto es corregir su contenido o, si de verdad debe desaparecer, redirigirla a la página adecuada.
Lo que sí conviene dejar montado para siempre
Esta revisión sirve para más que para la inspección. Casi todo lo que un inspector busca es lo mismo que necesita un cliente que aún no se fía: quién eres, qué prometes y qué haces con sus datos. Reunir esa información en un lugar fijo, con una página de datos legales y un sitio claro para las certificaciones, tiene más valor que cualquier parche de última hora. Los elementos que refuerzan la confianza del visitante están desarrollados en qué información debe tener tu web para generar confianza, y si acabas de obtener una acreditación, comunicar una nueva certificación de calidad explica cómo sacarle provecho también en el posicionamiento.
Hay una ventaja adicional, casi cosmética: la coherencia de tus datos entre la web, la ficha de Google y otros directorios ayuda al SEO local. Lo que tranquiliza a quien audita también le sirve a quien te busca en el mapa.
Y después de la inspección
Pasada la fecha, resiste la tentación de olvidarlo. Lo que ha funcionado es convertir esta revisión en una costumbre: una vez al trimestre, veinte minutos con la hoja de las tres preguntas. Una web sencilla pero releída con frecuencia da menos sustos que una elaborada que lleva años sin que nadie la lea.
Conclusión
Una inspección examina lo que hay y lo que dices que hay. Tu web es la parte de eso que puedes revisar en una tarde, sin cita previa y sin nervios. Ordena las tres preguntas, guarda constancia de lo que cambias y deja la información en un sitio fijo. Y si publicas contenido con regularidad, recuerda que AutoAd parte de lo que le cuentas de tu negocio, así que antes de una revisión así conviene tener también allí los datos al día. Cuando quieras que publique por ti con esa base, solicita acceso a AutoAd.