Una web con doce años se parece a una casa con doce años: desde la calle se ve bien, y detrás de las paredes hay humedades. Los enlaces rotos son esas humedades. Nadie los ve, nadie se queja y, precisamente por eso, se da por hecho que no importan. Existe también el mito contrario, el de que un solo enlace roto hunde tu posicionamiento. Ninguno de los dos acierta. La realidad es menos dramática y bastante más interesante.
Lo que sí es cierto: un enlace roto no te castiga
Google ha explicado en varias ocasiones que encontrar páginas que ya no existen es normal en cualquier web y que un error 404 no penaliza por sí solo a un sitio entero. Una web sana borra páginas, cambia de estructura y pierde enlaces de vez en cuando. Por eso, si alguien te enseña un informe con «doscientos errores que hunden tu SEO», conviene mirar con calma qué está contando exactamente.
El daño, cuando lo hay, es más sutil y va por otro lado: visitantes que se marchan en mitad de un recorrido y valor acumulado que se pierde por el camino. No es un castigo. Es una fuga.
Tres tipos de enlace roto, tres daños distintos
Los que tú pusiste hacia fuera. Una web antigua enlaza a proveedores que cerraron, a noticias que ya no están, a normativas que cambiaron de dirección. Al lector le da igual de quién es la culpa: ve un callejón sin salida y concluye que en esa web nadie mira. Es un daño de confianza, pequeño cada vez y acumulativo con los años.
Los internos hacia páginas que borraste. Un servicio que dejaste de ofrecer, un artículo que retiraste, una categoría de la tienda que se renombró. Si otras páginas siguen apuntando a ellos, estás mandando a tus propios visitantes, y al rastreador de Google, contra un muro. Cuesta paciencia del usuario y cuesta esfuerzo de rastreo.
Los que llegan desde otras webs hacia páginas tuyas que ya no existen. Este es el que menos se revisa y el que más puede costar.
El enlace que nadie mira porque no está en tu web
Piensa en una mención de la prensa local de hace años, en un directorio del sector, en el blog de un proveedor que te citó. Cada uno apuntaba a una dirección concreta de tu web. Si en un rediseño esa dirección cambió y nadie dejó una redirección, el enlace sigue vivo en la web de fuera, pero desemboca en un error. El visitante que hace clic se marcha, y el valor que ese enlace le daba a tu web, que es justo el tipo de señal que cuesta años acumular, se queda en el aire.
La buena noticia es que son los más fáciles de encontrar con herramientas gratuitas. Search Console enseña las páginas que Google intentó visitar y no encontró, y entre ellas suelen aparecer direcciones antiguas que todavía reciben visitas o enlaces. Si recuerdas que un rediseño cambió las direcciones de la web, es probable que ahí tengas una lista de tareas esperándote.
Cómo revisar una web vieja sin volverte loco
Empieza por lo que más se ve. El menú, el pie de página, la página de contacto y las diez que más visitas reciben: un enlace roto ahí cuesta mucho más que uno perdido en un artículo de 2016. Después pasa un rastreador de enlaces de los gratuitos, que localiza de una vez los enlaces internos y externos rotos. Y por último mira en Search Console las direcciones no encontradas y anota cuáles tienen visitas o enlaces externos.
No intentes arreglarlo todo en un sábado. Ordénalo por daño: primero lo que ve el visitante, luego lo que llega de fuera, luego el resto. Una web con cientos de artículos antiguos no necesita perfección; necesita que el mapa de lo importante esté limpio.
Reparar, redirigir o retirar
Cada enlace roto admite tres respuestas, y elegir bien importa más que arreglar todos:
- Repara si existe una versión nueva del contenido al que apuntabas. Cambias la dirección y el problema desaparece.
- Redirige si la página desapareció, pero existe otra que ocupa su lugar. Una redirección permanente (301) hacia la página equivalente conserva buena parte del valor. Evita mandarlo todo a la portada: Google puede tratar una redirección a una página sin relación como si fuera un error.
- Retira si el destino ya no tiene sustituto. Quita el enlace, deja el texto y revisa que la frase siga teniendo sentido sin él.
Y la costumbre que evita repetir el trabajo: cada vez que borres o muevas una página, decide en ese momento qué hará el enlace que apuntaba a ella. Cuesta cinco minutos hoy y ahorra un fin de semana dentro de tres años.
Una revisión que forma parte del mantenimiento, no de la vergüenza
Muchos dueños posponen esta tarea por un motivo comprensible: abrir la caja de una web vieja da pereza y algo de pudor. Si ese es tu caso, qué hacer si tu web actual te da vergüenza enseñarla trata precisamente cómo priorizar sin parar el negocio. Y si publicas mucho, cuánto pesa mantener una red de enlaces sana está explicado en cómo enlazar bien los artículos de tu blog.
Conclusión
Los enlaces rotos no son un castigo de Google ni una anécdota sin importancia: son fugas que se acumulan en silencio, y las más caras son las que llegan desde fuera. Revisarlos por orden de daño, y decidir en cada caso entre reparar, redirigir o retirar, es trabajo de mantenimiento, no una reforma. AutoAd revisa cada artículo antes de publicarlo, enlaces rotos incluidos, y vigila cómo se comporta lo ya publicado; el repaso de una web antigua entera sigue pidiendo una vez un rato de calma, pero a partir de ahí lo nuevo nace limpio. Si quieres que el contenido nuevo no vuelva a añadir humedades, entra en la lista de acceso de AutoAd.